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sabato 3 settembre 2016

La salud psíquica y espiritual

Autor: Franco Poterzio, Neuropsiquiatra, profesor emérito de la Universidad de Milán.
Artículo original: La salute psichica e spirituale, en «Studi cattolici», Nº 658, Diciembre 2015, (59), pp. 878-880.  
(Artículo original en pdf)

Frankl escribió en 1978: «nos queda por explorar, más allá de la dimensión somática y psíquica, una tercera dimensión del “ser-hombre”, que el psicologismo no está dispuesto a reconocer y el espiritualismo considera como única: la existencia humana en sus valores y en su sentido, en toda su extensión espiritual, psíquica y somática». Y añadió: «también en la dimensión espiritual pueden enraizarse las neurosis, por la tensión que provoca un conflicto de conciencia, por situaciones con una fuerte carga ética, o por la opresión de un problema espiritual» (Per una psicoterapia riumanizzata, Mursia, Milán 1990 (3ª), p. 168).
Desde Descartes (con su distinción entre "res cogitans y res extensa") hasta nuestros días, las ciencias psicológicas y las ciencias de la religión han intentado llevar a su propio terreno todo el bagaje de ideas que poco a poco habían ido acumulando las ciencias psicológicas, psiquiátricas, sociológicas, teológicas, doctrinales y morales.

Prácticamente toda perspectiva científica que tenga por objeto al hombre tiende a absolutizar sus hallazgos, sus comentarios o sus axiomas. Mientras que las ciencias naturales (Naturwissenschaften) tienen como puntos fuertes alguna evidencia demostrable experimentalmente, las ciencias del espíritu (Geistwissenschaften) se apoyan con ventaja en un sistema metafísico sólido, en una clara antropología de referencia y, en términos de religión revelada, en la palabra de Dios. Pero las distancias o fisuras se mantienen.
El diálogo centrado en el hombre entre los diferentes puntos de vista es a menudo improductivo o estérilmente polémico. Para hacer teorías, cada disciplina interviene por su cuenta, con sistemas lógicos bien construidos y una gran coherencia interna. Sin embargo, el esfuerzo resulta poco abierto a una confrontación provechosa, en la que todos realmente buscan entender y no sólo criticar los pensamientos de los demás con una buena dosis de arrogancia.
En este contexto multidisciplinar e interdisciplinar se halla la obra de Wenceslao Vial, Madurez psicológica y espiritual, editada por Palabra, Madrid 2016.
Este trabajo se sitúa, con gran perspicacia, en la confluencia de las ciencias antropológicas, psicológicas, psiquiátricas, teológicas, pedagógicas, ascéticas y doctrinales, para hacer frente a las diversas condiciones de la vida humana, en la salud y en la enfermedad, en la fe y sin ella.
El ser humano y el sufrimiento
Muchos son los méritos de la obra de Vial. El primero, que es el único autor. De ello se sigue un tratamiento ordenado y coordinado, equilibrado en sus partes, simple, bien documentado y conforme con las teorías más confiables y probadas.
Al lector se le ahorran así las diversas voces de expertos, en la que cada uno en su campo propone la síntesis de diferentes problemas: en este tipo de agrupaciones de competentes estudiosos, cada uno por lo general toca su propio instrumento, pero rara vez se acopla con los otros en una sola sinfonía.
El segundo: la medida. Vial saca de las diversas escuelas de pensamiento, desde la psiquiatría a la teología, «aquella parte esencial» para desarrollar el argumento. No hay nada superfluo. Vial no pretende ofrecer una suma global de los temas que trata, evita adentrarse en laberintos complejos y teóricos, pero su trabajo resulta completo y armonioso en sus partes.
La tercera: la originalidad. El autor no sigue el patrón probado y tradicional de los diversos tratados de la psicología, psiquiatría, educación, antropología y ascética, cuyo formato estereotipado se repite en cada nueva edición. Vial no copia y no sigue el esquema clásico de los textos de las diferentes disciplinas. La originalidad consiste, precisamente, en una síntesis entre los diversos cuadros de sufrimiento psíquico (no sólo enfermedades) y la vida espiritual. El resultado es un instrumento de ayuda sustancial, tangible y práctica, de gran beneficio no sólo para aquellos que sufren alguna molestia psicológica, sino también para aquellos que se encuentran en un proceso terapéutico. La falta de comunicación entre la ciencia psiquiátrica y la religión a menudo producen en el asistido y en el terapeuta una gran separación, de manera que la vida interior y la psicología no se sostienen entre sí, en un viaje interactivo de salud y salvación. Con la obra de este autor, las distintas disciplinas encuentran su justa síntesis en el ser humano y en sus condiciones de sufrimiento.
La cuarta: la concreción. El autor no se deja llevar por las teorías, sino por la realidad humana concreta y sus situaciones más problemáticas, en las cuales necesariamente confluyen los diferentes enfoques científicos que, en aras de la verdad e integridad, nunca descuida.
La quinta: la obra tiene un gran potencial divulgativo. Además de ser clara y accesible, sin ninguna superficialidad o simplificación, resulta útil –pero útil de verdad–, a psicólogos, psiquiatras, educadores, directores espirituales, especialmente sacerdotes, maestros… En definitiva, sirve a todos aquellos que deben, cada uno en su área, ser expertos en humanidad, alentados también por el más auténtico y profundo querer de ayudar a construir el reino de Dios.
Trastornos psíquicos y pecados
Muchos errores de interpretación podrían ser evitados mediante la lectura de este texto. Tomemos, por ejemplo, la escrupulosidad del trastorno obsesivo-compulsivo: ¡pobres confesores! Han de aguantar miles de acusaciones innecesarias y repetitivas de actos que no han sido pecados, sino que surgen de la repetición de pensamientos invencibles, parasitarios y coaccionados. Los manuales de medicina pastoral y tratados de ascética suelen explicar la necesidad de asumir toda la responsabilidad de las acciones del penitente. De este modo, al sistema de autoridad distorsionado que posee el pobre enfermo (un dios a imagen y semejanza de su Superyo), se le añade otro, que es tener que obedecer al sacerdote. Y de este modo se le produce como una segunda lesión.
Otro caso: intentad explicar a una enferma de anorexia que destruirse y consumirse con el ayuno es un pecado. Os mirará pasmada y secretamente pensará: "este, de verdad, no ha entendido nada…"
Del mismo modo, con un deprimido grave: cabe aconsejarle que tenga unos momentos de recreación para descansar, que no piense tanto en sí mismo, sino en los demás… Pero eso es precisamente lo que la enfermedad le impide hacer. Se agravan así sus sentimientos de culpa. Alguien podría incluso suicidarse, sabiendo bien que el suicidio es un pecado, para no ser una carga para los miembros de la familia con la culpa de no poder trabajar, de no conseguir alegrarse ni relacionarse con los demás, ni de descansar (Frankl), ni de seguir los buenos consejos.
Y ¿cómo afrontar el falso ascetismo de la personalidad histérica, tan dócil, dependiente y sumisa, pero llena de prejuicios y propensa a las crisis explosivas intermitentes, en las que –según el caso– predomina el grito, el llanto, el ensimismamiento o la huida? No sólo el psiquiatra, sino también los directores espirituales y los parientes no saben qué partido tomar ante los trastornos provocativos de oposición, de adultos rencorosos, incapaces de seguir cualquier consejo, inmaduros como adolescentes viciados, hostiles y resentidos en su entorno familiar, cerrados en sí mismos y capaces de envenenar con su presencia el contexto familiar y laboral. Difícilmente aceptan que se les diga que podrían beneficiarse de un tratamiento psiquiátrico, pues esto significaría cambiar. Y el cambio implicaría perder la meta neurótica de torturar a los demás y culparles a ellos de cualquier daño. El aislamiento y el silencio son altamente punitivos y hacen sufrir a quienes están cerca de estas personas.
El repertorio podría continuar. Se debe añadir que los valiosos y centrados criterios ascéticos, como ofrecer a Dios el propio dolor, ejercitar la paciencia, atenerse a lo que dice el médico y no pensar demasiado en uno mismo, son válidos hasta cierto punto ante el malestar psíquico; pues este malestar, como señala Frankl, se configura de forma híper-reflexiva, es decir, como una invencible tendencia a la oposición, a la angustia, a la introversión y a cerrarse, que no es útil tampoco para los caminos introspectivos psicoterapéuticos.
La psicopatología de la vida cotidiana
El fenómeno se aplica no sólo a los trastornos mentales graves, sino que se puede encontrar también en la llamada psicopatología de la vida cotidiana.
Y es en estas situaciones, nunca consideradas con profundidad en los diversos tratados de psicología y psicopatología, en las que Vial centra su atención. Oportunamente sugiere, caso por caso, criterios de posible higiene mental, e indica las directrices sobre las que cabe orientar una intervención pedagógica y espiritual.
Basta pensar en los problemas inherentes a los diferentes comportamientos sexuales, situados en una encrucijada entre las ciencias morales, la antropología, la ascética y la interpretación psicodinámica. Lo mismo ocurre con los trastornos del sueño, la conducta adictiva y los fenómenos anormales de la conducta alimentaria. El autor tampoco deja de lado el estudio de algunos fenómenos paranormales, ciertas estructuras neuróticas de falso misticismo, o la influencia diabólica. Aporta en todo esto una excepcional claridad.
Toda la gama de matices neuróticos, con las que se tiñe la inmadurez, está bien afrontada. Se trata del proceso de la personalidad, con particular referencia a la edad infantil y del desarrollo. Es aquí donde la personalidad se consolida, pero puede también fijarse y cristalizar en formas psicopatológicas, en apariencia normales, pero capaces de contagiar el contexto con diversas formas de molestias psicológicas.
El autor describe claramente los trastornos de personalidad, tan frecuentes hoy en día. Son como plantas que crecen con un tronco retorcido, difícilmente modificables en sus disposiciones inmadura. Precisamente a la madurez psicológica, Vial dedica muchas páginas, deteniéndose en diversas visiones psicológicas, desde Allport a la encíclica Fides et ratio de Benedicto XVI; se adentra en el terreno común a la espiritualidad y a la psicología, hablando de la idoneidad vocacional, de la responsabilidad, del celibato y de otras muchas facetas que articulan un camino ascético destinado a lograr la perfección de la vida cristiana.
El estudio de Vial penetra en áreas problemáticas, muy bien descritas, de inseguridad persistente, de perfeccionismo exacerbado, de personalidades adultas falsamente organizadas, de voluntarismo híper-responsable, de victimismo… Sí, ¿quién lo diría?, pero el victimismo es una deformación estable de la afectividad, y aunque no es considerado por los tratados clásicos de psicopatología, causa mucho sufrimiento crónico y fenómenos regresivos en el curso de la vida.
En estos casos, el mal se propaga de persona interesada a todo su ambiente. Por ejemplo, el director de empresa inseguro, incapaz de confiar en los demás, que oprime a sus empleados con rigor inflexible y complicada burocracia: poco a poco se vuelve incapaz de relacionarse normalmente con los demás, incluso en su hogar. Sin embargo, tal vez continúa siendo “un excelente empresario”.
Salvación espiritual y salud mental
Vial, en los diversos cuadros de malestar psicológico, cita abundantemente el pensamiento de los santos, de papas, de autores espirituales, con la intención de dar un sentido a toda forma de sufrimiento, de no privar a los que sufren del alimento espiritual. Este “alimento” les beneficiará no sólo con el consuelo de la fe y de la piedad, sino que garantiza rutas verdaderas hacia la salud mental y la salvación espiritual. Siguiendo las propuestas de Vial, no se corre el riesgo de ser genéricos o aproximativos, también porque el texto incluye una discusión a fondo de las diversas enfermedades mentales, según los más recientes manuales especializados.
Un buen espacio del libro está dedicado a la descripción de los autores, psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas que han propuesto visiones parciales y reduccionistas del ser humano y que más han influido en el pensamiento científico contemporáneo. La visión completa se ilumina al poner de relieve las principales escuelas de psicoterapia, y los presupuestos teóricos de partida.
La bibliografía es amplia, exhaustiva y completa. El vocabulario de términos científicos es claro y fácil de consultar.
Este tratado no se debe leer, hay que estudiarlo.
La conclusión del texto de Vial es sabia y prudente: «Muchos aspectos de los mecanismos de la psique, de la enfermedad física y mental, de la vida espiritual, no se comprenden plenamente. Sin embargo, esa aceptación, que en el fondo significa reconocer los límites de nuestra condición finita, nos lleva a descubrir al Absoluto».

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