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giovedì 5 novembre 2015

Madurez psicológica y espiritual

 
 Por: Luis Javier Moxó Soto                       Fuente: Catholic.net


Entrevista a D. Wenceslao Vial, autor de Psicologia e vita cristiana. Cura della salute mentale e espirituale; en español: Madurez psicológica y espiritual, Palabra, Madrid 2016.
La fe no es una medicina, pero hay muchos motivos por los que resulta útil para la salud, precisamente por la unidad entre las dimensiones de la persona. Da luz a la inteligencia, para captar más fácilmente lo que es bueno y malo, lo que es virtud o vicio, el valor de la templanza.

Wenceslao Vial, sacerdote y médico, es profesor de Psicología y vida espiritual y de Psicología de la personalidad aplicada a la dirección espiritual en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.
En el departamento de publicaciones de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma, ha publicado su libro “Psicologia e vita cristiana. Cura della salute mentale e spirituale”, dentro de la colección “Sussidi di Teologia”. En el mismo el autor pone de relieve el valor de la vida cristiana para la serenidad y el equilibrio, con sugerencias prácticas para entender, tratar y prevenir problemas psicológicos, sabiendo distinguirlos de las dificultades espirituales. Se aclara el significado de los síntomas y se guía al lector hacia las opciones que parecen más apropiadas. La personalidad madura se presenta como un reto atractivo, y el inconsciente no se considera un espacio impenetrable.
Psicología y vida cristiana presenta un enfoque práctico para experimentar la vida como una aventura alegre y serena. El Espíritu llena e impulsa las velas de nuestra alma libre. El cristiano nunca está solo en su misión. «Quien nada posee, nada puede compartir; quien no está yendo a ninguna parte, no puede tener compañeros de viaje» (C.S. Lewis).
¿Soy responsable de mi forma de ser? ¿Se puede salir de la depresión? ¿Cómo vencer la ansiedad? ¿Existen medios para superar la adicción a las drogas o a internet? ¿Qué puede hacer la familia de una persona con trastornos mentales? ¿Cuándo se necesita un médico, un psicólogo o un sacerdote? ¿Es el sexo un invento anticuado, un juego o un tabú? El libro ofrece respuestas a estas y otras cuestiones de innegable actualidad.
Le hemos hecho la siguiente entrevista:

D. Wenceslao, ¿en qué sentido la falta de fe puede llevar a la patología?
La falta de fe no lleva necesariamente a una patología médica. Sin embargo, una vida de incoherencia entre los propios valores y la conducta personal, o una negación a priori de cualquier significado de la propia existencia, sí podrían perturbar a la persona.
La fe es un fruto de la gracia divina y, al mismo tiempo, un acto de la voluntad humana. Toda persona cuenta con la aspiración religiosa que lo mueve a buscar a Dios y, cuando se recibe el don gratuito de creer, a tratarle y quererle. Si no se ha recibido ese don, esa misma aspiración religiosa, que late en el corazón de toda persona, le empuja –al menos– a buscar el sentido de cuanto existe. La oscura inmensidad del universo se hace más transparente con la fe.
Quien sólo cree en sí mismo, en lo que ven sus ojos y palpan sus manos, o se mueve sólo por aquello que comprende totalmente, podría llegar a enfermar, pues se encontraría incapacitado para tomar distancia con lo inmediato y poder elevarse a realidades superiores. Podría llegar a dudar –obsesivamente– de todo: la electricidad que no ve, la llegada del hombre a la luna…

Hay quienes afirman que tienen fe pero que sólo responden a su propia conciencia…
La persona humana está esencialmente llamada a la responsabilidad, es decir, a la capacidad de dar respuesta. Y esto exige que haya alguien fuera de nosotros que reciba esa respuesta. Una autonomía absoluta no es compatible con la creencia en un ser superior, ni con las observaciones de la razón. Quienes afirman demasiado la autonomía tienen, quizá, miedo a ser responsables: a dar cuentas y responder de las propias acciones ante otra persona o ante Dios.
No es infrecuente que algunos excluyan de la fe lo que les resulta incómodo: pueden creer en Dios, pero no en que les exija con cariño y los guíe hacia el bien, la verdad, el amor, la virtud; aspectos que requieren esfuerzo, cambiar de vida, dejar de buscar sólo placeres inmediatos. Intuyen que hay una verdad superior por la que algunas cosas son buenas y otras malas, pero no desean reconocerlo para no tener que responder con decisión.
Bien dijo un santo del siglo segundo que Dios es visto por quienes son capaces de mirarle, si tienen abiertos los ojos del alma. El alma de todos tiene ojos. Pero hay quienes los tienen oscurecidos o los cierran voluntariamente y no ven la luz del sol.

¿En qué manera una patología puede llevar a una falta de fe?
La salud es el bienestar físico, psíquico y social. Si agregamos la dimensión espiritual, tenemos delante la admirable unidad del ser humano. Una grieta en cualquiera de estas dimensiones puede comprometer al entero edificio, donde habrá fallas más o menos profundas. Una alteración física o psíquica puede afectar la dimensión espiritual que sostiene la fe.
La enfermedad en sí no lleva a la falta de fe. Algunas, sin embargo, pueden dificultar el ejercicio de la inteligencia y la voluntad; y, en el deterioro mental grave pueden quedar impedidas las manifestaciones externas del espíritu. No sería propiamente una pérdida de fe, sino un proceso de degeneración corpórea.
El sufrimiento es además siempre un desafío para la fe. Cabe rechazarlo sin esperanza o verlo, con la gracia, como un camino de crecimiento: nos hace conscientes de nuestra naturaleza limitada y finita que clama por un sentido.

¿Cuáles son las señales de alarma?
En el libro intento describir diversas señales de alarma, para reconocerlas y afrontarlas. La ansiedad, las obsesiones, el desánimo mantenido en el tiempo, la impulsividad y las reacciones desproporcionadas son algunas de ellas. Muchas veces, cuando oímos la alarma de un coche o de una casa, no acudimos a ver qué ocurre, sino que pensamos: “ya está el pesado de siempre”. No debe pasar esto al advertir en nosotros o en los demás una señal de sufrimiento. Hay que buscar qué ha detonado la alarma: un problema físico, psicológico o espiritual…
Si estas alarmas o síntomas psico-físicos no se detienen, dejan de ser útiles y paralizan hasta la vida espiritual, con el agotamiento físico y emotivo. Se ha acuñado el término burnout (estar quemado), para definir un estado del humor bajo, asociado al estrés de algunas profesiones de servicio (enfermeras, amas de casa, médicos, educadores, policías, sacerdotes…), en que la persona se siente poco correspondida y se desgasta. Influye el modo de ser previo, que dificulta realizar las tareas con orden y medida. Muchas veces esas personas son perfeccionistas e inseguras, demasiado auto-exigentes, con escasa tolerancia a la frustración o sin capacidad de gestionar humildemente el éxito, que tienden a abarcar más de lo prudente.   

¿Vivir la fe correctamente previene contra la patología?
Los estudios científicos demuestran que la fe previene algunas enfermedades y mejora el pronóstico de otras. La fe no es una medicina, pero hay muchos motivos por los que resulta útil para la salud, precisamente por la unidad entre las dimensiones de la persona. Da luz a la inteligencia, para captar más fácilmente lo que es bueno y malo, lo que es virtud o vicio, el valor de la templanza: beber alcohol con moderación, usar de la sexualidad sólo cuando hay amor, en el matrimonio y con el propio cónyuge, etc. La Biblia recoge muchas orientaciones milenarias como la siguiente: “no mires qué rojo está el vino cuando refulge en la copa; entra suavemente, pero, al final, muerde como serpiente, pica como víbora” (Pr 23, 31-32).
Cuantas cosas representan hoy a ese “vino”: la adicción a la droga, a la pornografía, a internet, o el aumento de familias destruidas. Si estuviéramos más atentos a las alarmas también espirituales, a las primeras chispas, que la fe ayuda a descubrir, no cundiría el incendio.

Es decir, la fe favorece la estabilidad…    
La fe posee una eficacia preventiva grande por su misma definición: “Fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven” (Hb 11, 1).  Sobre la identidad de criaturas queridas por Dios se fundamenta la gran esperanza de vivir para siempre con Él: llegar al cielo. Por la fe esperamos lo que no vemos y confiamos alcanzar una meta que despierta las ganas de vivir con entusiasmo, pasión y esfuerzo personal. La existencia cristiana no es una inmóvil búsqueda de estabilidad, sino una serena tensión hacia el bien.    
           
¿La fe ayuda a un desarrollo pleno de la personalidad?
La fe en Dios aporta, como decía, una base sólida para crecer y refuerza la identidad: sabernos queridos como criaturas, admirables como hombres o mujeres. El cristianismo añade la convicción de que todos somos hijos de Dios, que llena de orgullo. Pero creer no es suficiente. Hace falta una fe vivida, con esperanza y caridad. Sólo quien sale de sí mismo, se da a los demás y les responde a ellos, responde también a Dios.
El proceso de madurez puramente humano lleva a salir de uno mismo. El bebé a los pocos meses ya no se preocupa sólo de su dedo, reconoce el rostro de la madre, sonríe. Poco a poco descubre que no es el único “rey” en el mundo. Deja de reclamar todo y de decir “mío, mío”… El chico de 13 años ya no exige que sus padres le compren una bicicleta, pero espera… y tal vez se porta mejor antes de su cumpleaños, para recibirla… Se abre paso la esperanza y el buen humor.
Las convicciones sobrenaturales empapan esta realidad y dan un nuevo impulso a la capacidad de tomar distancia de los sucesos, afrontarlos con menos drama, sobreponiéndose a las contrariedades y recomenzar. Probé hace poco el Kaysershmarren: unos trozos de masa poco formada con una compota de fruta. Cuentan que el cocinero del emperador Francisco José quería preparar un bollo elegante y majestuoso, pero algo salió mal. Sin desesperarse, echó mano a su inventiva y sirvió aquella masa de no muy buen aspecto. El postre recibió grandes alabanzas.
Quien vive cara a Dios da menos importancia al qué dirán, si hace algo mal admite la culpa y pide perdón. Reemplaza la vergüenza por el arrepentimiento y recomienza. Dispone también para ello del sacramento de la misericordia o confesión. Es capaz de tomar decisiones definitivas en su vida, como el matrimonio o una vocación religiosa, y protegerlas aún en momentos de tormenta. Sabe que hay alguien a quien se puede dirigir, alguien que le quiere, a quien responder.

¿Se puede tener un desarrollo pleno de la personalidad sin fe?
Un amigo médico me decía: “Qué suerte tienes de creer en Dios”. Él no ha recibido aún la fe, pero es fiel a su mujer y juntos sacan adelante la familia y los hijos, procura hacer bien su trabajo y se preocupa por sus pacientes. Está en camino de madurez, porque actúa con responsabilidad. Digo en camino, porque el desarrollo de la personalidad es un proceso que dura toda la vida. Sólo al final podremos decir si hemos llegado a la plenitud o no.
Las características de una personalidad madura se pueden encontrar en cualquier persona, y no son distintas de la madurez cristiana. Desde la antigüedad griega el desarrollo se basa en un buen conocimiento de uno mismo. El cristiano “corre” sin embargo con ventaja, tiene un modelo: Cristo, que lo favorece. No se queda sólo en la imagen que le ofrece un espejo, sino que mira a una persona e intenta parecerse a ella. En Cristo encuentra las claves para descifrar los dilemas de su existencia, que incluyen el sufrimiento.
Sin fe en un futuro eterno, es más fácil dejarse llevar por los bienes aparentes, por chispas de placer, caer en la desesperación.

¿Es posible vivir la fe de forma patológica?
Hay varias formas anómalas de vivir la fe. La primera y evidente es imponer el propio credo con violencia. La segunda, más extendida y sibilina, es ver a Dios como si fuera un spray, en expresión del Papa Francisco: es decir, como un ambientador que ayuda en determinados momentos, tal vez en bodas y funerales, pero está ausente de las actividades cotidianas, de la honradez laboral, de la diversión, de la ayuda a los más necesitados. Aquí inicia el descamino de las dobles vidas, de los pequeños egoísmos que terminan en grandes; y es el contexto de otro extremo peligroso: quienes piensan que su fe, su religión, es tan íntima y personal, que nunca hablan a nadie de ella.
Una tercera forma patológica de vivir la fe, más unida a aspectos psicológicos, se da en personas con alteraciones importantes en su modo de ser. No me refiero a “normales defectos”, que todos tenemos, sino a patologías que se forman a lo largo de los años. Entre estos, es frecuente el perfeccionismo de quienes creen y quieren hacer las cosas bien, pero demasiado bien. Para ellos hay sólo un modo de cortar el césped, un solo modo de hacer un postre y servir los platos, un solo modo de rezar. Existe el remedio, si se quiere poner, aunque cueste y no sea de efecto inmediato.
Otra anomalía también frecuente es la de quienes transforman la fe en superstición. Buscan dioses a su medida, toros, muñecos, brujos…, a veces para no tener que dar respuesta a un Dios personal.

Muchas gracias, D. Wenceslao por sus respuestas tan útiles para nuestra buena salud cristiana. Por último quiero preguntarle: ¿cómo resumiría la actitud adecuada de la vida espiritual?
La vida espiritual sana lleva a salir de uno mismo. Quien toma distancia de lo que ocurre en sí mismo y a su alrededor, quien se sube al balcón de su vida para ver con perspectiva, es más feliz y eficaz. Los sucesos adquieren su real importancia, las soluciones son más fáciles, hay más serenidad. En todos vibra la necesidad de encontrar el sentido, hay un deseo de trascendencia y ganas de volar, de llegar alto.
Muchas veces he visto personas sedientas de fe, de esperanza, que buscan la trascendencia, ansían ver desde lo alto con más luz para comprender los dilemas de su vida, como reflejan estos versos de Neruda:

El mundo es una esfera de cristal,
el hombre anda perdido si no vuela
no puede comprender la transparencia.
Por eso yo profeso
la claridad que nunca se detuvo
y aprendí de las aves
la sedienta esperanza,
la certidumbre y la verdad del vuelo.

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