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mercoledì 23 settembre 2015

La Viena de Freud y Frankl



Wenceslao Vial, Madurez psicológica y espiritual
Wenceslao Vial

Viena impresiona a cualquiera que se dedique a la psicología. En esta ciudad se ha recuperado el sentido de una dimensión olvidada y han surgido grandes maestros de la ciencia psicológica. Estamos en un buen momento para seguir avanzando en la comprensión del ser humano en relación al universo, que se presenta como un libro abierto. Plantas, animales, montañas, danubios caudalosos, la inmensidad del océano y brillantes estrellas llenan sus páginas. El mayor motivo de asombro, sin embargo, es la mujer y el hombre libres, capaces de amar y de darse: no sólo compuestos de materia, sino también de espíritu.
En un noble edificio de una calle céntrica se encuentra la casa y consulta de Sigmund Freud. Afuera, un poste metálico soporta un cartel rojo con grandes letras blancas en las que se lee simplemente: Freud. Al visitarla, llama mi atención una mujer de media edad que se abraza al palo del letrero, para quedar inmortalizada en una foto, mientra exclama: my husband! El suceso transporta a las primeras décadas del siglo pasado y hace revivir a la multitud de señoritas, señores y señoras de la alta sociedad que un tiempo llenaban la consulta del fundador del psicoanálisis. ¡Cuántas cosas dirían en el gastado diván y cómo serían interpretadas!

A pocos pasos, me sorprende una placa que recuerda a Bertha Pappenheim y resume su historia: «en esta casa vivió, de 1878 a 1881, una mujer asombrosa. Nacida en Viena, de familia hebrea. Fue pionera en los trabajos sociales y en el movimiento por los derechos de la mujer. Bajo el pseudónimo de Anna O. fue la paciente clave de Josef Breuers y dio el nombre a la “terapia a través de la palabra”. Supuso un impulso decisivo para el psicoanálisis».
            La joven Bertha sufría una rara enfermedad con numerosos síntomas. Sólo podía mover su brazo izquierdo; no conseguía hablar en su lengua materna, aunque conservaba el inglés; se quejaba de trastornos en la vista y de curisosas alucinaciones. Por varias semanas no lograba tomar líquido. Fue tratada con éxito por Breuers. El neurólogo descubrió que su paciente mejoraba cuando conseguía traer a la memoria las circunstancias en que habían comenzado sus molestias. Para facilitar el proceso, utilizó el método de la hipnosis que Charcort estaba desarrollando en París. La señorita Pappenheim logró superar el trastorno. Recordó que sus males aparecieron después de entrar en la habitación de una amiga inglesa y ver a un perrillo bebiendo de su vaso… Una vez sana, llamó a su asombrosa recuperación: “curación a través de la palabra”.
Tantas cosas en Viena, limpia, ordenada y grandiosa, hacen ver que estamos en la cuna de la psicoterapia, que hoy cuenta con más de 400 escuelas. Muchos detalles pintorescos despiertan la curiosidad. A la vuelta de una esquina, por ejemplo, te encuentras con semáforos peatonales en que las figuras clásicas del peatón han sido reemplazadas por parejas del mismo sexo. Esperando la luz verde, me pregunto qué diría Freud si resucitara. Lo imagino extrañado al ver que ya no se puede hablar de ciertos temas, que el sexo mismo es de nuevo un tabú, y ha sido remplazado por el vago término “género”. Concepto que, –cuando no es utilizado correctamente, cosa que ciertamente se puede hacer– recuerda más a su sinónimo tela, o pieza de ropa que se puede usar o no y cambiar a voluntad. Con más atención, sentiría tal vez latir todavía alguna de sus antiguas teorías: su idea del hombre empujado por instintos irresistibles y la ciega energía del placer que lo ata de pies y manos. En pleno centro histórico me topo con la escultura de un caballo; por entre sus piezas metálicas contemplo el ir y venir de niños y mayores: difícil es creer que nadie sepa adónde va y se muevan simplemente como las bestias.
Camino hasta la casa de Viktor Frankl, donde vive aún su esposa. Me encuentro hablando sobre el sentido de la vida y me parece oír a Frankl: cada hombre o mujer, con su identidad única e irrepetible, tiene la capacidad esencial de buscar el sentido de su existencia. No estamos completamente determinados por los impulsos, por la voluntad de placer o de poder…, nos mueve el sentido. Todos, en cualquier circunstancia del destino, podemos al menos cambiar de actitud, dejarnos atraer por el sentido y los valores, por el Logos.
El pensamiento cristiano sabe mucho de este Logos, que viene a ser una persona, Cristo, la Verdad, la Razón (Logos) de nuestra esperanza (cf. 1 Pedro 3, 15). Sólo Él esclarece el misterio del hombre y su carga de dolor (cf. Gaudium et spes, n. 22). En el libro Psicologia e vita cristiana, que será disponible en español con el título Madurez Psicológica y espiritual, procuro abordar con un lenguaje claro y asequible las corrientes de psicología, los conceptos psicológicos y de la vida cristiana más importantes, la personalidad, las relaciones interpersonales, la sexualidad humana, las enfermedades psíquicas y las adicciones. Numerosas referencias prácticas ayudan a entender, afrontar y prevenir la sintomatología psíquica y vivir más felices con un Modelo: Cristo. Sobre las huellas de grandes psicólogos, se ofrecen sugerencias para encontrar o mantener el equilibrio personal.
El inconsciente no es en esta obra un almacén cerrado donde sólo entran los expertos, como sugiere hasta hoy el psicoanálisis. Es importante devolver el protagonismo a la libertad y responsabilidad humana y, en los creyentes, a la gracia de Dios. La vida cristiana es una tarea que compagina conceptos psicológicos y virtudes. En la base de una vida serena y plena se encuentra la identidad personal y familiar: saber que somos hombres o mujeres, admirables en su masculinidad o femineidad, llenos de aspiraciones, pero limitados y finitos; y advertir, más nítidamente con la fe, que somos criaturas. Sobre esta realidad se asienta una autonomía no absoluta, que permite orientarnos y elegir los medios para un proyecto, que sólo es posible si existe la esperanza: es decir, si creemos en una misión recibida y confiamos en alcanzar la meta. En la cúspide del proceso se sitúan la autoestima y la caridad: sólo quien se sabe importante se desarrolla plenamente. El mayor motivo de autoestima del cristiano es saberse queridos por Dios, ¡transformados en hijos suyos! Esta convicción, apoyada en la fe-identidad y en la esperanza-autonomía, permite salir de uno mismo hacia los demás, querer y comprender a todos, con un gran amor por la Verdad.
En el conocido macizo montañoso del Rax en los alpes, después de 1000 metros de desnivel y un amplio recorrido por el altiplano, llegamos al refugio Seehütte (Refugio del lago). Poco queda del lago de un tiempo, pero varios recuerdos muestran el paso frecuente de Viktor Frankl. El dueño del albergue cuenta que conoció bien a Frankl, que solía pasar por ahí y ayudar en pequeñas reparaciones. De fondo, la espectacular pared rocosa del Prein, tantas veces subida por el psiquiatra de Viena. Éste es su testimonio que luce con orgullo en la cabaña: «no se pueden contar las muchas horas felices que he vivido haciendo escalada en la pared de Prein y, antes y después de la escalada, recreándome en el Refugio del Lago».
La vida cristiana es como una acensión alegre. Vale la pena buscar el sentido único e irrepetible de nuestra existencia, volver a asombrarnos ante la naturaleza y el ser humano. Darnos más a nuestros iguales, sin tratarlos como objetos. Por este camino arduo y feliz, es más fácil descubrir a quien nos da la misión, a un Sentido superior, a Dios. 


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