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domenica 23 agosto 2015

Un mundo para todos. Conversión personal en la Encíclica Laudato si’


                            Wenceslao Vial

Laudato si’ mi’ Signore. Las primeras palabras de la encíclica del Papa Francisco abren un horizonte espléndido. El conocido canto a la creación, de Francisco de Asís, se dirige a Alguien superior para quien no somos lejanos. Él espera una respuesta, un compromiso, un agradecimiento, por tantos dones, entre ellos el mundo que habitamos.
Hace pocos días contemplé un cuadro titulado Memento (del latín: acuérdate), de un prestigioso cardiocirujano romano que se dedica ahora a la pintura, Pier Augusto Breccia. La imagen impresiona por su fuerza. Las explicaciones del autor le dieron vida. Con su autorización, lo utilizo para unas breves pinceladas sobre la encíclica. La tela, de dos metros de altura, presenta una sala en perspectiva. En los balcones laterales, gente de distinta clase y condición observa con indiferencia la escena del primer plano. Dos figuras no bien diferenciadas flagelan la esfera del mundo. Justo encima, se rasga al improviso el techo de la sala y aparece Jesucristo en la Cruz. Uno de los verdugos suelta el látigo y mira absorto a Dios hecho hombre.

Romper con la indiferencia
Escribe el Papa sobre las maravillas de nuestra madre Tierra, que «clama por el daño que le provocamos, a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella» (2). Esto ocurre ante la mirada indiferente de poderosos, ricos, corruptos…, de la de cada uno de nosotros tantas veces, que desde los propios balcones del poder, de la comodidad o la indiferencia no queremos complicarnos la vida. Por demasiado tiempo le hemos prestado poca atención. Es el momento de despertar, porque «la humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común» (13).

San Francisco de Asís, que «amaba y era amado por su alegría» (10), superó la pereza, venció la comodidad y tuvo una existencia plena de sentido.  Es preciso cambiar el estilo de vida, ser más solidarios. Y esto sólo se conseguirá si cambian los «modelos de producción y de consumo» (5), pero sobre todo si cada persona se decide a mejorar ella misma, mirando a la tierra, al cielo y a los que vendrán. El cristiano no reza Padre mío que estas en los cielos, sino Padre nuestro. No considera la tierra su morada exclusiva, sino que la comparte con hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, con los peces, las aves, las plantas… Invitando a cantar «al sol, a la luna y a los más pequeños animales» (11), incluso a los seres inanimados como las piedras y los minerales…, que fueron creados buenos. ¡Magnífica riqueza la diversidad de formas, de dimensiones, edades, medidas y pensamientos! Todos distintos y todos mirados con amor por un mismo Creador. Hay que acabar no sólo con «el rechazo de los poderosos, sino también con la falta de interés de los demás» (14), donde entramos todos.

Volver a admirarse
La encíclica es una llamada a asombrarse, a abrirse a la magia del mundo y sus habitantes, para descubrir al Autor divino. Qué bueno sería mirar como miran los niños. Como aquel chico pequeño descrito por Chesterton, que un día muy temprano se acerca a una ventana y subido en una silla se pasma porque ¡está saliendo el sol! Señor: ¡lo has hecho de nuevo!, exclama. Quizá cuantos chicos y no tan chicos ante este tipo de espectáculos podrían decir hoy solamente: vaya, esto ya lo he visto en la web. La vida es sin duda más alegre cuando se sale de uno mismo y de las redes, si se cambian algunos clicks por la belleza verdadera, por el descanso en la naturaleza off line.
Por este camino nos será más fácil renunciar «a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio» (11),  y reconocer «la naturaleza como un espléndido libro en el cual Dios nos habla» (12). La consciencia de que somos una sola familia humana (52) nos lleva a despertar de nuestro sopor, a proteger el ambiente y ayudar a los demás.
Dentro de tanta grandeza, el mayor motivo de asombro es el propio ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, querido por Él antes de su formación en el seno materno. ¡Qué gran motivo de esperanza saber que «fuimos concebidos en el corazón de Dios» (65)! Resuena la voz de san Agustín: «los hombres por lo común se admiran de ver la altura de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la latitud inmensa del océano, el curso de los astros; y se olvidan de lo mucho que tienen que admirar en sí mismos» (Confesiones, VIII). El ser humano, con su capacidad de conocerse, de poseerse, de donarse y entrar libremente en relación con los demás y con su Padre Dios tiene una dignidad infinita (65), que no puede olvidar, sabiendo a la vez que maltratar a otras creaturas es contrario a esa misma dignidad (92).

Proteger al débil
Como el santo de Asís, «ejemplo por excelencia del cuidado por lo que es débil, y de una ecología integral vivida con alegría y autenticidad» (10), tenemos que defender al más necesitado. La tierra flagelada nos lleva a pensar en los más débiles. No podemos callar ante la cultura del descarte. Los primeros que notan el rigor del látigo y salen disparados de este mundo son los que aún no han nacido, los enfermos, los niños, los ancianos, los trabajadores precarios, quienes no poseen una casa, los inmigrantes que huyen de la guerra o de la miseria… Estas personas, con su dignidad infinita, caen en la oscuridad cósmica, en el vacío al que dan lugar tantas leyes hechas sólo para los ricos y para los sanos. Cuantos políticos cierran las puertas de la casa común a quienes en apariencia no son útiles.
En la tarea de proteger al débil un primer plano lo ocupa el niño que no ha nacido. Así se expresa el Papa: «no parece factible un camino educativo para acoger a los seres débiles que nos rodean, que a veces son molestos e inoportunos, si no se protege a un embrión humano aunque su llegada sea causa de molestias y dificultades» (120). Si podemos cantar a las bellezas del mundo, es porque reconocemos que la misma vida humana «es un don que debe ser protegido de diversas formas de degradación» (5), y que hoy está amenazada o aplastada por leyes que promueven el aborto y una manipulación genética sin escrúpulos (131).

Nuevamente los políticos son llamados en causa. Es altamente injusto y desestabilizante querer excluir a alguien de la casa común, «culpar al aumento de la población y no al consumo extremo y selectivo de algunos» (50) que quieren imponer sus políticas de control de la natalidad y la así llamada salud reproductiva. Son los mismos que promueven una sexualidad privada de lo propiamente humano, alaban la pornografía y las experiencias sexuales precoces. Difunden la prostitución y el abuso de menores, en un negocio enorme, superior al producto interno de muchos países: es la danza en torno al cerdo de oro, en palabras de Viktor Frankl.
El mundo que está siendo flagelado «incluye el ambiente, la familia, la sexualidad, las relaciones sociales, etc.» (6). Un flagelo muy actual es la ideología del género, que busca imponer sin base científica la ausencia de una distinción entre hombres y mujeres. Es un azote serio que daña la identidad más elemental de las personas: nuevamente los más indefensos son los más perjudicados; se obliga a los niños a recibir adoctrinamiento sin el consentimiento de sus padres. El Papa se refiere a los alarmantes cambios sociales, «a la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, y la pérdida de identidad» (46).
El ser humano posee una común naturaleza que debe respetar y no puede manipular como quiera (155). Este es el fundamento de una «fraternidad universal» (228). Está llamado a «aceptar el cuerpo como don de Dios» (156), respetando sus significados. No cabe anular las diferencias sexuales o reducir todo a una sexualidad meramente animal. Entender al ser humano, «apreciándolo en su masculinidad o femineidad», creado para poblar la tierra y disfrutarla con respeto, es también dejar de flagelar el mundo. El sufrimiento lo soporta la común naturaleza humana, cuando se quieren alterar sus esencias. También estas son basuras que «cubren paisajes de otros tiempos» (21). Ante ellas se nos recuerda que cada uno es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario (65).
El hombre y la mujer no son «plenamente autónomos. Su libertad se enferma cuando se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, de la violencia» (105). Es una nueva llamada a la conversión personal. A cada uno se nos pide sobriedad en los consumos, dar al que menos tiene no aspirar a un progreso cada vez más rápido de las minorías (193), a un poder de nuevas ciencias que, si no se controlan se vuelven contra los más débiles, como en los regímenes totalitarios (104) revestidos de aparente democracia.

Bajo la mirada de Jesús
La creación espera la redención, que cesen los golpes del látigo. Espera, porque aunque el sacrifico de Cristo fue uno y para siempre, sus frutos continúan beneficiando al universo. La Cruz sigue siendo una llamada de atención. El cuidado del planeta y de la propia naturaleza exige esfuerzo, sacrificio, dejar de lado las necesidades egoístas, para pensar en el otro. La conversión y la madurez han de alcanzar un nivel cósmico, de integración, de cuidado. «No podemos sostener una espiritualidad que olvide a Dios todopoderoso y creador» (75). Es preciso vivir la reponsabilidad: saber responder a Aquel que se hizo hombre por nosotros. «El destino de la entera creación pasa a través del misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas» (99).
El paso de los siglos y las miserias de los hombres han dejado su huella. «El ambiente natural está lleno de heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable. También el ambiente social tiene sus heridas. Pero todas ellas se deben en el fondo al mismo mal, es decir, a la idea de que no existen verdades indiscutibles que guíen nuestras vidas, por lo cual la libertad humana no tiene límites» (6). Por eso Cristo, la Verdad, aparece en la historia.
El remedio está en no olvidar que «nosotros mismos somos tierra (cfr. Gen 2, 7) (que) nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y nos restaura» (2). Si queremos cambiar el mundo, hemos de volver nuestra mirada a Aquel por el que fueron hechas todas las cosas, a Cristo, verlo en la Cruz y comprender que debemos renunciar a satisfacer todas las ambiciones, por un amor más alto; «pasar del consumo al sacrificio» (9); tener una buena «relación con Dios, con el prójimo y con la tierra» (66). De este modo se goza con profundidad de cuanto nos rodea: «las mismas flores del campo y las aves que él contempló admirado con sus ojos humanos, ahora están llenas de su presencia luminosa» (100).
Dios se hace hombre, viene a habitar, a poner su tienda entre nosotros (cfr. Ap 21, 3). No está fuera o lejano, sino que rompe la bóveda celeste y se introduce en nuestro mundo. La inmensidad del universo, la fragilidad humana, nos llevan a «pensar en el conjunto, como abierto a la trascendencia de Dios» (79). Es la novedad que abre nuestra existencia al otro, a un Tú (cfr. 81). Es un Dios cercano porque «él nos amó primero» (1, Jn 4, 19). «Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros» (84). La encíclica se dirige a todos los hombres de buena voluntad. Al mirar hacia afuera y en alto, el cristiano ve a Cristo que le revela la verdad sobre sí mismo y el mundo. El no cristiano y el no creyente, que busca sinceramente esa verdad, que es apertura, encuentra las señales suficientes para llegar al Creador. Quien, en cambio, se cierra sobre sí mismo, no admite el diálogo, permanece aislado y triste.
Se precisa una conversión personal que nos haga salir de nosotros mismos. «No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano» (118), que tenga en cuenta que su inteligencia y voluntad lo asemejan al creador y lo acercan de un modo nuevo a sus iguales. Si queremos transformar la selva que nos rodea, comencemos por nuestro jardín, por la «ecología de la vida de cada día», que se manifiesta en nuestra habitación, en nuestra casa, en nuestro lugar de trabajo, en nuestro barrio»  (147). Y los principales valores proceden de la familia, donde se acoge y protege la vida como un don de Dios. En ella «se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir gracias como expresión de una sentida de las cosas que recibimos (…) a pedir perdón cuando hacemos algún daño» (213).
En la conversión personal es clave lo la gracia divina, mediante la recepción de los sacramentos que brotan de la Cruz de Cristo. En ellos vemos de un modo privilegiado la naturaleza asumida y transformada por Dios (cfr. 235). Y al centro de todo, la presencia real de Cristo en el sacramento de la «Eucaristía (donde) lo creado encuentra su mayor elevación» (236). Es otra manifestación de que el Hijo de Dios «no aparece desde arriba, sino desde dentro» (236). La Eucaristía «es el centro vital del universo», «une el cielo y la tierra».
No podía faltar una referencia a quien nos obtiene tantas gracias de conversión, a María, la Madre del redentor. Ella es la «reina de todo lo creado» (241). Termina el Papa con un capítulo titulado Más allá del sol. «Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios» (243). Quien mira a Dios hecho hombre está en condiciones de soltar los látigos, de vivir el poder como servicio, de acoger a todos, especialmente a los más débiles; de convertirse y madurar como persona. Por eso, al ver a Jesús, se abandona la masa incógnita y aparece un rostro: asustado e incrédulo quizá, pero en vías de conversión. Memento homo… Acuérdate hombre y mujer de qué estas hecho, cuál es tu destino, tu misión y tu grandeza y repite Alabado seas, Señor.

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